Un amor apasionado
13. mayo 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: JesucristoCuando queremos hablar del amor de Jesucristo tenemos a nuestro alcance el acudir a esas almas privilegiadas, santas y místicas, a quienes el Señor trata de una manera tan especial para enseñanza nuestra, tanto o más que para santificación de ellas.
Pues bien, una de esas almas grandes trataba con mucha familiaridad a Jesús, y Jesús le correspondía manifestándole sus secretos más íntimos. Un día le dice al Señor:
– Pero, Jesús, yo no te entiendo. ¿Qué encuentras en las almas, que parece que no puedes pasar sin nosotros? Eres dichoso en ti mismo, feliz en tu cielo, tienes los ángeles… ¿Qué falta te hacemos nosotros?…
Y Jesús le contesta con tono muy natural y humano:
– Tienes toda la razón. Todo eso que dices es verdad. Pero también es verdad que yo tengo un corazón de hombre, y que yo amo como los hombres. ¡Los hombres sois mis hermanos, sois mis hermanos!… (Sor Benigna Consolata)
Esta es la realidad más grande a que hemos sido elevados: a ser objeto del amor de Dios, que, para amarnos como amamos nosotros, llegó a hacerse hombre, capaz de ser feliz con nuestra misma felicidad de amor.
Y nosotros, por la Gracia con la cual Dios vive en nosotros, somos capaces de amar a Dios como ama Dios.
Aunque Dios, al hacerse hombre en Jesucristo, Dios es capaz de amar también como amamos los hombres.
Entonces el Dios hecho hombre, nuestro Señor Jesucristo, no tiene más remedio que asumir la condición de nuestro amor. Somos así: no podemos pasar sin la persona querida a la que amamos. Pensamos en ella. Nos desvivimos por ella. Le damos el corazón.
Pues esto mismo es Jesucristo con nosotros. Para entender el Corazón de Cristo con los hombres, no tenemos mejor medio que mirar nuestro corazón cuando amamos a una persona. Es Dios, y ama como Dios. Pero es hombre, y ama como hombre también, igual que nosotros.
Por eso, decimos ante todo de Jesucristo que piensa siempre en nosotros. El amor lleva a pensar de continuo en la persona amada. Respecto de Jesucristo, no nos escapamos nunca ni un momento de su mirada. En el Cielo está, nos dice la Palabra de Dios, siempre viviente intercediendo por nosotros (Hebreos 7,25)
Y entonces, ¿nos portamos bien? Somos su alegría. ¿Nos portamos mal? Le destrozamos el Corazón, pero ruega entonces por nuestra vuelta a Dios y por nuestra salvación.
El caso es que su recuerdo no nos abandona nunca, ni nos abandonará hasta que no estemos con Él definitivamente donde está Él mismo.
Junto con el pensamiento de Jesucristo, adivinamos su amor. Quien piensa cariñosamente en una persona, ese amor que le tiene se acrecienta cada vez más. Por más que en el amor de los hombres se ven a veces fallos tan lamentables, en los que se ve fracasar el amor más firme. Harta experiencia tienen tantos matrimonios. ¡Cómo se amaban antes, y cómo se han congelado ahora los corazones! Es la dolorosa condición del amor humano.
Respecto de Jesucristo, no hay miedo de que su amor se entibie. Jesucristo nos ha enseñado cómo el amor puede y debe ser eterno. Jesucristo nos ama, y jamás pasará ni se enfriará aquel amor con que por nosotros y por nuestra salvación fue hasta la cruz…
En la piedad cristiana moderna ha influido mucho la imagen del Corazón de Jesús tal como se apareció a Margarita María, cuando le dijo:
– Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres.
Es cierto.
Desde Belén hasta el Calvario, la historia de Jesús no es más que un acto de amor apasionado por nosotros.
Lo amargo es que ese amor de Jesucristo no ha sido correspondido por muchos de los beneficiados, como seguía diciendo Él mismo a Margarita María:
– Y, sin embargo, no recibo de los hombres más que ingratitud y olvido.
Por eso nosotros, que nos gloriamos de haber hecho de Jesucristo el centro de todas nuestras ilusiones, nos empeñamos también en que nuestro amor a Jesucristo sea así, como el suyo, un amor apasionado, que nos lleve:
– a pensar siempre Jesucristo,
– a querer a Jesucristo sobre todas las cosas,
– a hacer algo por Jesucristo, extendiendo su conocimiento, su amor y su reinado en tantas almas que suspiran por Él y por su verdad, quizá inconscientemente, porque sólo en Jesucristo van a encontrar la solución de sus vidas.
¡Jesucristo, Tú eres el Rey y el centro de todos los corazones!
Nosotros te amamos.
Queremos amarte cada vez más y queremos hacer algo por ti.
Queremos que Tú seas todo en todos los hombres, para que todos se salven y sean tu gozo, como Tú eres nuestro gozo eterno.