Los niños hechos maestros
7. noviembre 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónEl famoso Obispo de la Televisión norteamericana contemplaba encantado el jugar de los niños, que forman una algarabía enorme en medio de una despreocupación total. Los veía, y sacó después a relucir en sus deliciosas charlas televisadas esta atinada observación:
– La alegría de los niños en el juego es la clave de la eterna alegría; por esto dijo nuestro Salvador que no podemos entrar en el Cielo si no nos hacemos como niños pequeños. Así, pues, os suplico que, cuando queráis saber de mí algo, preguntéis por mí en la Casa Cuna del Cielo.
Muy bien dicho, desde luego. Pero, ¿hemos de limitar esta aplicación sólo a la alegría infantil, por lo que tiene de inocente y pura? Ya se ve que no. La palabra de Jesús tiene aplicaciones mil en la vida cristiana. Y eso de ser niños en la presencia de Dios es una fuente inagotable de reflexión.
Quien se hace niño ante Dios, aunque sea muy mayor, habla así:
No hay problema de fe. Porque la fe, no la discuto. Dios lo ha dicho, ¡y basta!, pues Dios sabe más que nadie…
La confianza en Dios no sufre quebranto, pase lo que pase, porque Dios es mi Padre y cuida de mí…
La oración, lo más sencillo. Le digo a Dios lo que siento, y El me entiende, aunque yo diga disparates…
Mis pecados, me duelen. Pero le he dado después muchos besos a Dios, y sé que me perdona…
Mi porvenir, está en la mano de Dios. En este mundo, venga lo que venga, Dios estará conmigo; en el otro, sé que no tengo otra casa que la de Dios mi Padre… ¿A dónde voy a ir, si no es a ella?…
Esta manera de pensar y de vivir no es cosa de ignorantes. Nace espontáneamente del alma humilde, sencilla, que ama a Dios, se siente amada por Dios, y, por eso mismo, vive en la atmósfera de una despreocupación total. Así son y así viven los niños, y así nos quiere Jesús a nosotros…
Por otra parte, las formas de relación y trato con Dios en quien acoge el Reino como un niño son espontáneas, llenas de candor infantil. No tiene reparo en dar un beso a una estampa o en enviarlo al Jesús que adivina presente.
Esta fue la lección de un niño precoz, que murió a los siete años y dejaba en pos de sí fama de santidad. La mamá, cristiana cabal, le había enseñado dónde estaba Jesús. Y a los tres años de edad, por un instinto que nadie se explicaba, cuando lo llevaban a la iglesia dirigía su mirada al Sagrario, se daba unos besos fuertemente apegados a los dedos de sus manecitas y se los enviaba con ellas a la Hostia sagrada…
Le llegó el día de su Primera Comunión. Y con un convencimiento inexplicable, le decía a su padre: ¿Sabes, papá? Ahora que he comulgado creo que podré llegar a ser santo; antes, no. Efectivamente, moría como un santito a los siete años y medio… (Gustavo María Bruni)
Quien se riera de cosas así, no estaría capacitado para entender la palabra de Jesús en el Evangelio: Os aseguro, que quien no recibiere como niño inocente el reino de Dios, no entrará en él.
Esta frase de Jesús es de lo más genial que encontramos en el Evangelio. Como fue también genial el gesto realizado con el niño (Mc. 9,33). Cuando ve que entre los apóstoles se suscita la cuestión, nacida del orgullo y la envidia, sobre quién es el más grande e importante de todos, Jesús se pone serio y pregunta: ¿De qué discutíais por el camino? Silencio total, ante el miedo de decir la verdad. Jesús llama a un niño, lo pone en medio, lo abraza, y les avisa severo:
– Quien se hace el más pequeño entre vosotros, ése es el más grande de todos.
Jesús dio con esto en su Iglesia un golpe mortal a la ambición. Sabía el Señor la llaga donde ponía el dedo. Ni el orgullo, ni la envidia que es su fruto primero, habrían de tener cabida entre los suyos. Y lección semejante, tan difícil de aprender, la imparte de manera magistral. ¿Quién no se embelesa ante un niño? ¿Quién no lo acoge? ¿Quién no lo quiere?… Y en el niño —llamado, buscado y abrazado por el Maestro—, nos presenta Jesús el modelo de la grandeza mayor ante los ojos divinos.
El niño, y sólo quien se hace como un niño, son los únicos que valen para el Cielo.
El niño es incapaz de altanerías. El niño no mira sus cualidades. El niño no se engríe. El niño es el tipo natural de la humildad… Si, como el niño, no conocemos la soberbia, el Reino de los Cielos será nuestro sin más.
El niño no sabe, ni quiere, ni puede hacer ningún mal. El niño es la imagen natural de la inocencia… Si, como el niño, tenemos el alma limpia, tenemos abierta de par en par la puerta del Reino de los Cielos…
El niño no discute ni con papá ni con mamá. Para él, papá y mamá lo saben todo y por eso les cree en todo. El niño es el prototipo de la docilidad… Si, como el niño, creemos a Dios todo lo que Dios nos dice y enseña, la fe no tiene dificultad alguna, y el Reino de los Cielos será nuestro con toda seguridad…
El niño ama instintivamente a quien le da amor. Sus bracitos que alarga, como la sonrisa que esboza agradecido, son la expresión más pura y la devolución generosa del amor que recibe. El niño ama sin egoísmos… Si, como el niño, amamos al Dios que nos ha amado primero, el Reino de los Cielos no nos lo va a quitar nadie de las manos…
Jesucristo, que observó todo esto entre las gentes sencillas que le rodeaban, mientras que vio cómo los orgullosos escribas y fariseos lo rechazaban todo, exclamó conmovido (Mateo 11,25): ¡Gracias te doy, Padre, porque has escondido todas estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los humildes!…
Sí, es posible, muy posible, que la lección más importante del Evangelio para saber entrar en el Reino de los Cielos, nos la den los bebés de una casa cuna o los niños juguetones del kinder…