¡Ven al mundo, Jesús!
5. diciembre 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: Oración¿En qué se centra hoy la piedad cristiana? ¿Qué es lo que más ilusiona en nuestros días a cualquiera que quiere trabajar por el Reino de Dios? Creo que no es una aventura el afirmar que lo que más queremos —por ser lo que más nos preocupa—, es que se imponga en el mundo el AMOR. Tenemos muy metida en la cabeza esa letra de un himno de la Liturgia: El mundo muere de frío, el alma perdió el calor, los hombres no son hermanos, el mundo no tiene amor. Hasta que no consigamos el imperio del amor, no nos daremos nunca por satisfechos. Y el amor no se impondrá mientras Jesucristo no ocupe de hecho —no de derecho— el lugar que le corresponde en el mundo.
Al hablar así, no nos inventamos nada nuevo, sino que nos situamos en el plan clarísimo de Dios. Porque, ya le podemos dar las vueltas que queramos, desde que Jesucristo vino al mundo, como nos dice San Pablo, nadie puede poner otro fundamento en la obra de la Salvación sino el que ya está puesto, y que no es otro sino Cristo Jesús.
Muchos buscan soluciones milagrosas a la situación dolorosa de la sociedad, y la solución no viene porque no se busca la que Dios quiere. Nos pasa a veces como en aquella familia. El chico mayor cayó enfermo. Los papás estaban en el desespero viendo que se acercaba un desenlace fatal. El sacerdote, a instancias del mismo muchacho, acude repetidamente a la casa, hasta que los papás le sueltan furiosos:
– ¡Milagro, milagro! ¡Nosotros queremos un milagro para que nuestro hijo no muera!
El Padre se descorazona, pero el enfermo le tranquiliza:
– ¡Calma, Padre! No les haga caso. A mí me interesa Jesús, que me traiga Jesús.
Es el caso del mundo. La enfermedad que aqueja a la sociedad no necesita milagros, aunque sea lo que muchos reclaman, sino la presencia viva de Jesucristo: más fe en Jesucristo que está presente entre nosotros; más esperanza en Jesucristo, porque es el único Salvador; sobre todo, más amor a Jesucristo, porque sin el amor enseñado e impuesto por Jesucristo no vamos a ninguna parte.
Jesucristo ha venido a nosotros, pero se sigue realizando en el mundo la triste comprobación del Evangelio: Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron… Estaba en el mundo, y el mundo no lo conoció…
Llamamos a Jesucristo no para que nos haga milagros, sino para que nos traiga amor. ¿Cómo podemos decir que existe amor en el mundo cuando verificamos las cuentas que nos dan los expertos? Hablando en redondo, dicen que en el mundo pasamos ya a estas horas de los seis mil millones de habitantes. Aunque las estadísticas varían de la noche a la mañana, vamos a tomar éstas, que son relativamente recientes.
Mil novecientos millones de personas son analfabetas, y una persona que no sabe leer es una persona a medias en la vida social.
Para mil trescientos millones de personas no existe el agua potable. ¿Qué de enfermedades no van a contraer?
Unos setecientos cincuenta millones de niños están subalimentados. ¿De qué salud van a disfrutar?
Se cree que mil cuatrocientos millones de seres humanos viven en absoluta pobreza. ¿Cómo no van a tener resentimientos contra los que ven vivir en la opulencia y en el despilfarro? ¿Cómo no van a querer luchar —aunque sea en movimientos subversivos— para mejorar su suerte?
La electricidad no ha llegado a la vida de unos dos mil millones de gente. ¿En qué civilización están viviendo aún?…
Estas estadísticas pronto quedan desfasadas, pero nos sirven a nosotros para discurrir. Y pensamos: ¿todos estos males, son casuales? ¿Todos se deben a descuido de los mismos que los padecen? ¿O no son debidos más bien, en gran medida, al egoísmo de muchos, que vivimos bien y no nos cuidamos de los demás?
Siempre venimos a dar en los mismos interrogantes e inquietudes: ¿habría tanta pobreza material y espiritual en el mundo si lo destinado a las armas se invirtiese en la promoción humana, en la alimentación, en sanidad, en la enseñanza?… ¿Se padecería tanta necesidad si hubiera más honestidad en la administración pública, en el negocio, en la explotación de la naturaleza?
Un técnico de la FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación, nos decía convencido en una conferencia: el problema no está en la producción, pues la tierra da para todos, sino en la distribución. Y la distribución estará fatal mientras exista el egoísmo, en las naciones como en los particulares.
¿Entonces?… Entonces venimos a parar en una solución que a nosotros nos resulta evidente: falta AMOR, y sin el amor no hacemos nada. Al revés: pongamos amor, y en ese amor —nacido de la enseñanza de Jesucristo y del amor que tenemos al mismo Jesucristo—, habremos hallado la clave para resolver todos los problemas que nos aquejan.
Amamos al hombre, porque todo hombre es imagen de Dios.
Amamos al hombre, porque todo hombre ha sido comprado con la sangre de Cristo.
Amamos al hombre, porque todo hombre es hijo de Dios.
Amamos al hombre, porque todo hombre está llamado a la vida eterna en el seno de Dios.
Por eso le decimos a Jesucristo eso que sentimos hondamente: Al mundo le falta vida, al mundo le falta luz, al mundo le falta el cielo, al mundo le faltas Tú.
Y si esto le gritamos al Redentor, al mundo le recordamos el mensaje célebre con que el Papa Juan Pablo II abrió su pontificado: ¡Abrid sin miedo las puertas a Jesucristo!… Que se las abra el mundo, como se las abrimos con gozo cada uno de nosotros.