A la casa del Padre
12. diciembre 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónCuando hoy se nos comunica el fallecimiento de algún ser querido, el recordatorio se suele expresar con estas palabras tan fortificantes y tan llenas de fe y de esperanza: Ha pasado a la Casa del Padre. ¡Qué bien dicho! Responden a uno de los anhelos más hondos sentidos por el alma cristiana. Son esas palabras un eco de las del salmo —uno de los más bellos de la Biblia— y que ahora tienen un cumplimiento pleno: Como ansía la cierva las corrientes de las aguas, así mi alma tiene ansias de ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo llegaré y veré el rostro de mi Dios? (Salmo 41, 2-3)
Este sentimiento nos lleva a pensar una vez más en nuestro destino final. La Biblia nos dice en la Carta a los Hebreos que quienes se acercan a Dios y lo quieren poseer han de creer que Dios existe y que es el premiador de los que le buscan. Nosotros no estamos conformes con esa corriente moderna de que el cielo y el infierno están ya en este mundo. ¡No! Las cosas de aquí no las podemos comparar con las del más allá que nos espera. Por otra parte, nos conviene sobremanera avivar la esperanza de los bienes eternos en un mundo muchas veces desesperado. Porque tenemos fe en la Palabra de Dios, nosotros suspiramos por los bienes eternos, que ya casi tocamos con la mano.
Ahora podríamos hacer un discurso sobre esta Palabra y esta promesa de Dios. Pero, no. Vamos a hacerlo de otra manera. Nos vamos a fijar en el testimonio de una mujer tan querida de todos como la Madre Teresa. Uno de los periodistas más famosos de Italia acompañó muchas veces a la Madre, en Italia como en Calcuta. Y la crónica de aquel día por las afueras de Roma podría ser una página de valor perenne sobre la esperanza cristiana. Le vamos a dejar la palabra al periodista (Renzo Allegri)
No hacía mucho que la Madre había salido del hospital, pero se mostraba llena de actividad. Desafiaba a la muerte, que viene a detener todo y a interrumpir toda las cosas. Y le pregunté:
– Madre, ¿tiene usted miedo a la muerte?
La Madre me miró a los ojos por unos momentos, y me preguntó a su vez:
– ¿Dónde vive usted?
– En Milán.
– ¿Y cuándo vuelve a su casa?
– Espero que esta misma tarde. Pienso tomar el último avión y así mañana, sábado, podré estar con mi familia el fin de semana.
La Madre procedió con mucha sabiduría. Y continuó:
– Veo que usted se siente feliz al volver a casa. A su familia.
– Sí, porque ha ya hace una semana que estoy fuera, le contesté yo.
Ahora la Madre Teresa —que en las entrevistas es concisa, breve y rápida—, empezó a hablar y hablar con verdadero entusiasmo, para responder a esa mi extraña pregunta sobre el miedo a la muerte.
– Bien, bien. Comprendo que usted está contento. Se va a encontrar con su esposa, con sus niños, con sus seres queridos, va a su casa.
Guarda la Madre unos instantes de silencio, y prosigue:
– Pues, ya lo ve. Yo me sentiría muy contenta si le pudiera decir que me voy a morir esta tarde. Así, al morir, iría también yo a casa. Iría a encontrar a Jesús. Yo le he consagrado mi vida a Jesús. Al hacerme Hermana, he llegado a ser la esposa de Jesús. Mire, yo llevo el anillo en el dedo como las mujeres casadas. Y yo soy la esposa de Jesús. Todo lo que hago aquí en la tierra lo hago por amor a Él. Por lo mismo, al morir volvería a casa, a casa de mi esposo.
El discurrir de la Madre acerca de Jesús era sublime. Pero ahora se volvía a los pobres que han llenado su vida pasmosa. Y proseguía:
Además, allá arriba, en el Paraíso, encontraría a todos mis seres queridos. Miles de personas han muerto entre mis brazos. A estas horas, hace más de cuarenta años que dedico mi vida a los enfermos y moribundos.
Yo y mis hermanas las Misioneras hemos recogido por las calles, sobre todo en la India, miles y miles de personas en el fin de sus vidas. Las hemos llevado a nuestras casas y les hemos ayudado a morir serenamente. Muchas de estas personas han expirado entre mis brazos, mientras yo les sonreía y les acariciaba sus rostros temblorosos.
Ahora bien, cuando yo muera me voy a encontrar con todas estas personas. Allí me están esperando. Nos hemos amado mucho en aquellos momentos difíciles, y hemos continuado amándonos en el recuerdo. Quién sabe la fiesta que me harán cuando me vean. Por eso, ¿cómo voy a tener miedo a la muerte? Yo la deseo, la quiero, la espero, porque me permitirá ir finalmente a casa.
Estas palabras de la inolvidable Madre Teresa no se pagan con oro y valen por mil sermones. La reseña del periodista puede pasar a la literatura cristiana con los honores de la inmortalidad.
Para nosotros, son el testimonio de lo más íntimo que llevamos dentro con la gracia del Bautismo. Si el Bautismo nos hizo hijos de Dios, ciudadanos del Pueblo de Dios, miembros de la Familia de Dios que es la Iglesia, entonces no tenemos aquí la ciudad permanente por la cual suspiramos ni la casa en la que viviremos por siempre.
Nuestra casa es la Casa del Padre. Jesucristo, la Virgen, los Angeles, los Santos… nos hacen soñar en una visión de belleza inimaginable. ¿Y todos esos hermanos a los que habremos socorrido con amor y ayudado en su salvación?… ¡Qué suerte! Morir para ir a Casa…