La vivencia de la Verdad
26. diciembre 2024 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónCuando miramos el panorama que ofrecen nuestras naciones cristianas, solemos expresar una queja que no deja de tener bastante justificación: ¡Ay, qué mundo éste!, decimos. Y no nos referimos al mundo pagano, sino al nuestro, al que ha recibido el Evangelio desde hace muchos siglos.
Naturalmente, que cuando nos quejamos así, todos empezamos por un examen de conciencia, pues somos conscientes de que todos somos responsables de esas situaciones de impiedad, de irreligiosidad, de inmoralidad, inconformes del todo con el espíritu de Jesucristo.
¿Por qué, entonces, esta contradicción entre nuestra fe y nuestra conducta? ¿Por qué un pueblo de bautizados no se ha de distinguir notoriamente de un pueblo todavía pagano?
El apóstol San Pablo nos trazó una norma de conducta con una fórmula genial, como todo lo suyo, y que, llevada a la práctica, haría de la piedad cristiana el remedio más eficaz para la transformación de nuestra sociedad, ahora precisamente cuando se empeña en paganizarse.
A los que hemos sido iluminados con la Fe de Jesucristo nos dice el Apóstol: Debéis practicar la verdad en el amor (Efesios 4,15). O sea: hay que traducir en la vida, con amor inmenso, todo eso que sabemos de Dios.
San Pablo, con esta fórmula, deshace esa distinción fatal que muchos han introducido en su vida cristiana, y que se ha llevado a la práctica de maneras tan peligrosas y de consecuencias nefastas.
Por poner un ejemplo, todos hemos oído decir muchas veces: Una cosa es la religión y otra es el negocio… ¿Cómo? ¿De manera que el cristiano puede robar porque lo exige el negocio? ¿De manera que el empresario cristiano puede explotar a los obreros, porque deben rendir más?… ¿De manera que la señora puede exprimir como un limón a la humilde empleada, sujeta como una esclava para que la dueña tenga tiempo para divertirse más?…
Al hablar así, ya se ve que citamos casos extremos, pero que se ponen siempre como un telón de fondo oscuro para que resalte más la verdad que queremos ver.
No; la religión no es algo ajeno a la vida. La piedad, la oración, la recepción de los Sacramentos, la relación amorosa con Dios, se llevan a todos los actos de la vida y se traducen en todo lo que hacemos. El empresario católico es el patrón más justo y generoso que existe. La señora católica es en su trato la persona más amable y distinguida. Porque uno y otra saben que la vida ha de testimoniar la fe en Jesucristo que poseen como su mayor riqueza.
¿Y cuál es esa verdad que el Apóstol quiere ver realizada en el amor?
Es toda la verdad que Dios nos ha enseñado y que nosotros hemos aceptado por la fe.
Esa verdad que se puede resumir en una sola palabra: Jesucristo.
Porque la Persona de Jesucristo sintetiza todo lo que sabemos y llevamos dentro de nosotros.
Jesucristo ha traído al Padre y al Espíritu Santo a nuestros corazones.
Jesucristo nos ha enseñado el valor y la práctica de la oración. Jesucristo nos llama a los Sacramentos para llenarnos de la vida de Dios.
Jesucristo se nos ofrece como el modelo del deber ante el trabajo duro.
Jesucristo se nos presenta como el ejemplo de la vida familiar y social. Jesucristo se nos ofrece como la luz que nos alumbra, el camino que nos guía y la vida que nos transforma.
Entonces, el mirar en todo a Jesucristo se convierte en algo normal. Y, mirándolo, sabemos vivir como Él en todas las circunstancias de la vida.
Si nos empeñamos en reproducir a Jesucristo, nos podría ocurrir como a aquel leproso budista de la antigua Indochina. El Misionero católico, un Padre Dominico, lo lleva a la leprosería. Sepultado entre tres mil deshechos humanos, aprende a mirar el Crucifijo, y pregunta al Padre: -¿Quién es éste?
Y el Misionero: -Es nuestro Dios, que así murió por nosotros.
El pobre bonzo se enternece. Con sus manos casi inexistentes reproduce al Crucificado en una talla de madera. La fe cristiana le va iluminando mientras esculpe materialmente a Jesucristo. Muere al fin después de recibir el Bautismo y mientras acababa su mejor talla: un Jesucristo en bronce.
¿Qué significa esto para nosotros?…
La oración y el trato con Dios no se deja para la media hora de la Misa dominical, sino que se reza, como Jesucristo le dijo a la Samaritana, en todo lugar y tiempo. La oración se convierte para el cristiano en un ejercicio de respiración del alma tan necesario y frecuente como la respiración de nuestros pulmones. Igual que la Misa dominical, que no se cumple como una obligación, sino como un punto de partida para vivir en unión con Cristo a lo largo de toda la semana.
El trabajo, en vez de acobardar, se abraza con el amor y se ejecuta con la perfección con que lo realizaba el Carpintero de Nazaret.
El trato familiar y social es para el cristiano el ejercicio de la fraternidad, la generosidad y la delicadeza de las que hacía gala el caballero más elegante que ha existido. Ante la prueba del dolor, el cristiano mira instintivamente al Calvario. Y en vez de rebelarse, acepta con resolución la invitación de Jesucristo a sus valientes, cuando invita: Toma tu cruz, y sígueme.
Aquí tenemos expresada la realidad cristiana. Obrando nosotros así, hacemos que ese lamentos: “¡Ay, qué mundo éste!”, o ese dicho fatal: “La religión es una cosa y el negocio otra”, carezcan en absoluto de valor.
Y entonces, sí; entonces nuestros pueblos evangelizados responden a su vocación cristiana. Porque nosotros habremos sido, como quiere Jesucristo, la sal y la levadura del mundo. Y también, porque habremos hecho caso a San Pablo cuando nos encarga traducir en vida con el amor todo eso que sabemos y que Dios nos ha confiado…