Jesucristo en nuestra piedad

30. enero 2025 | Por | Categoria: Oración

Es un hecho innegable que la piedad cristiana ha dado un vuelco enorme en nuestros días, si nos atenemos a las formas en que la manifestamos. Durante muchos años —durante varios siglos, mejor dicho—, se ha tenido en demasiada estima la práctica de devociones. Y todo consistía en rezar y rezar oraciones piadosas, triduos y novenas, que estaban bien y desempeñaban un bonito papel, pero no iban muy allá en la profundización de la doctrina.

Hoy, hemos cambiado mucho en nuestras ideas y en nuestras prácticas. Sin despreciar nada de eso, nuestra devoción actual se está orientando decididamente hacia la Palabra y la Eucaristía, y la manifestamos sobre todo en la celebración de la Liturgia.

Pero, así como antes corríamos el peligro de una piedad sentimental, hoy corremos el peligro opuesto, como es el caer en una piedad fría. Naturalmente, que esto no lo podemos aceptar. Queremos que nuestra relación con Dios sea todo lo caliente posible. Queremos sentir el amor en toda su dimensión, no solo racional y de la voluntad, sino también afectiva. Si le llegamos a decir a Dios: ¡Te amo!, se lo queremos decir con verdadera pasión.

Y Dios, que indiscutiblemente quiere que nuestro amor a Él sea así, total y en todas sus formas, nos ha dado el medio más poderoso y eficaz en la Persona de Nuestro Señor Jesucristo. Porque Jesucristo es Dios. Pero no es sólo el Dios espíritu, porque es también el hermano nuestro, el hombre como nosotros, el que tiene los mismos sentimientos que nosotros tenemos.

Entonces, Jesucristo juega un papel importante de veras en nuestra piedad. Apasionarse por Jesucristo es sentir hondamente la piedad hacia Dios. Jesucristo nos comunica su mismo amor filial al Padre. Nos llena de su mismo Espíritu Santo. Nos lleva a María su Madre y Madre nuestra. Expande nuestro amor a los demás hombres, porque todos somos hermanos en Cristo.

De ahí la importancia que hoy se le da al amor expreso y directo a la Persona del Señor Jesucristo.
Amor que es entusiasta. Porque nos arrebata, nos empuja, no nos deja parar.
Amor que es afectivo. Le decimos: ¡Jesús, te quiero!, y nos sale de los labios con pasión verdadera.
Amor que es generoso. Porque nos lleva a distinguirnos, sin dejarnos ganar por nadie.
Amor que es fiel. Porque nos lleva a seguirle hasta dondequiera que va Jesús.
Amor que es entregado. Porque nos damos a hacer todo lo que Jesús nos pide.
Amor que se convierte en imitación y vivencia. Porque nos lleva a realizar nosotros lo mismo que haría Jesús en nuestro lugar. Y nos decimos: En esto que tengo que hacer yo aquí y ahora, ¿qué haría y cómo lo haría Jesucristo? Lo que yo hago, lo va a hacer Jesucristo en mí y por medio mío. Luego debo hacerlo con la misma exactitud y perfección con que lo haría Jesucristo.
De este modo, nuestras vidas desaparecen, absorbidas por el espíritu de Jesucristo, y nos hacen repetir la palabra enardecida de San Pablo: -Vivo yo, pero es que no soy yo quien vivo, sino que Cristo es quien vive en mí (Gálatas 2,20)

Esta es la mística que nos guía hoy —aunque es tan antigua como la misma Iglesia—, y que está modificando tan saludablemente la piedad cristiana.
Cuando vivimos así el amor a Jesucristo, repetimos con razón y con todo convencimiento las palabras de San Ignacio, Obispo de Antioquía, discípulo de los Apóstoles, y Mártir queridísimo en la Iglesia: Una sola cosa me importa: que yo me halle en Cristo Jesús para el verdadero vivir.

Jesús llena nuestra mente y nuestro corazón a lo largo de toda la jornada, sin que estorbe para nada nuestras ocupaciones imperiosas, y está presente lo mismo en la oración que en el trabajo, en el estudio como en el deporte, en el paseo igual que en la diversión.
– ¿En qué piensas, bobo?, le preguntaron sus compañeros con simpatía y humor a aquel peón de pico y pala, que trabajaba como el que más, no molestaba a nadie y quería a todos, así que respondió: -¿En qué piensa un bobo como yo? Pues, en boberías. Pienso en Jesucristo, el Obrero de Nazaret.
(¡Señor! —me digo yo ahora—, que todos seamos tan bobos como este doctor en Cristología…)

Muchos, naturalmente, no entienden nada de esto. Jesucristo es la revelación de Dios, y solamente los humildes, los de corazón limpio y los de alma abierta llegan a captar a Dios. Si hablamos así, muchos nos tienen por fanáticos y por ilusos. Bueno, que digan de nosotros lo que quieran.
A ellos les ocurre lo que a aquel turista indiferente que en la Capital de Dinamarca entró a ver la famosa estatua de Cristo en la iglesia de Santa María. No le llamó nada la atención. ¿Esto es todo?… Y su fiel acompañante le replica: La culpa es de usted. Arrodíllese, y contemple la estatua así. Si quiere ver a Cristo, mírelo postrado en oración humilde…

Si queremos ver transformadas nuestras vidas y nuestra piedad, es decir, nuestra relación con Dios, no tenemos más que centrar nuestras ilusiones en la Persona de Nuestro Señor Jesucristo.

Entonces, ciertamente, no nos alcanzará la simpática maldición de San Pablo, que acaba su primera carta a los de Corinto: ¡Y maldito sea quien no ame a Nuestro Señor Jesucristo!
No seremos malditos, naturalmente, porque llevaremos dentro las mayores bendiciones de Dios, conforme a la palabra del mismo Jesús, cuando nos dice: El Padre os ama, porque vosotros me amáis a mí (Juan 14,21). Resulta, por lo visto, bien fácil rendir el corazón de Dios hacia nosotros: amamos a Jesús, y Dios se pierde de amores por nosotros, lo cual no deja de ser una buena suerte…

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