Los Santos, el Evangelio vivido
23. enero 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónEs muy posible que, entre todos los temas que desarrolla nuestro Programa, sea la semblanza de los Santos el que se recibe con mayor gusto. Son bastantes las personas que nos lo han expresado. Y hasta nos han sugerido que sean más los Santos y Santas que presentemos. ¿Por qué será?…
La respuesta es bastante sencilla. De quien estamos enamorados de veras es de Jesucristo. Entonces, nos atraen poderosamente todos aquellos hombres y mujeres que se han distinguido en el seguimiento de Jesucristo. Nos entusiasman los heroísmos que practicaron por amor a Jesucristo. Y, como los vemos de carne y hueso como nosotros, nos repetimos las palabras inmortales de Agustín: Y lo que éstos y éstas han hecho, ¿por qué no lo voy a hacer yo?…
Los Santos son el Evangelio viviente. El día en que la Iglesia no tuviera Santos de la categoría que tenemos, demostraría la Iglesia que ha perdido el espíritu de Jesucristo. Pero esto no sucederá jamás. El Espíritu Santo seguirá suscitando hombres y mujeres —tan sencillos como nosotros, pero de talla espiritual sobrehumana—, como estampas perfectas de Nuestro Señor Jesucristo.
Sabemos que los Santos y Santas que veneramos en la Iglesia han sido declarados tales y glorificados con la Beatificación y la Canonización después de riguroso proceso y de tener la firma de Dios con el milagro.
Los Papas modernos, al beatificar y canonizar a tantos Santos y Santas, han querido demostrar a todo el mundo cómo la Santidad de Dios, merecida por Jesucristo y promovida por el Espíritu Santo, se desarrolla de modo particular y abundante en la Iglesia Católica.
Y los Papas nos dicen con ello: todos estamos llamados a la santidad; no hay estado de vida en el que la santidad no pueda llegar a su perfección; no hay condición de personas que tengan cerrado el camino a la santidad más encumbrada, hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos, sanos como enfermos, casados y solteros, Jefes de Estado, obreros y profesionales, blancos y de color…
Siendo todos los Santos y Santas iguales por la santidad, cada uno de ellos refleja de modo especial algún rasgo peculiar de Jesucristo. Santa Teresa del Niño Jesús los comparaba a todos con las flores de un jardín. Todas son bellas, aunque cada una tiene su encanto particular.
Pablo y Javier son apóstoles de fuego
Inés y María Goretti, Vírgenes y Mártires, dos azucenas blanquísimas salpicadas de sangre generosa.
Antonio Abad y Pedro de Alcántara son iguales que Jesús en la montaña de los cuarenta días.
Teresa de Jesús y Gema Galgani, dos rosas encendidas de amor.
Estanislao de Kotska y Gabriel de la Dolorosa, dos amantes de María como Jesús en Nazaret.
Mónica, Isabel de Hungría y Rita de Cassia, viudas que honran a la familia y enorgullecen a la Iglesia.
Juan de Dios o José Benito Cottolengo son el mismo Jesucristo con los enfermos.
Margarita de Cortona y Angela de Foligno, pecadoras que llegaron a amar locamente a Jesús.
Juan Bosco, Champagnat, La Salle y Calasanz son la estampa de Jesús con los niños.
Luisa de Marillac y la Madre Teresa, la reencarnación de Jesús para con los pobres.
Francisco de Asís y el Padre Pío, la reproducción más fiel de Jesús en el Calvario.
Domingo Savio y Laura Vicuña, chico y chica como el Jesús y María de Nazaret.
Isidro y María de la Cabeza, dos esposos campesinos encantadores.
Catalina de Siena y Francisca Javier Cabrini son apóstoles de talla excepcional.
Benito José Labre el pordiosero y Ceferino Jiménez, el gitano Pelé, son estampas gloriosas de Jesucristo, viviente entre los marginados de la sociedad.
Edith Stein, la judía convertida que ofrece la vida por su pueblo, y Maximiliano Kolbe, que muere por el otro prisionero, son los máximos exponentes del martirologio moderno.
Esteban, Ignacio de Antioquía y Lorenzo, figuras señeras entre los Mártires.
Pío X, Toribio de Mogrovejo, Alfonso de Ligorio, Antonio María Claret, Oscar Romero y tantos y tantos Obispos más, son la imagen acabada del Buen Pastor que nos presenta el Evangelio.
Habríamos de hacer una lista interminable para citar solamente algunos de los Santos que admiramos y nos inspiran más entusiasmo y devoción.
¿Y qué nos ocurre a nosotros cuando escuchamos las vidas de los Santos? Nunca nos dejan indiferentes y sus ejemplos nos arrastran de modo irresistible.
– Nos sentimos orgullosos porque han honrado a la Iglesia tan esclarecidamente. ¿Qué institución cuenta con hombres y mujeres de tal categoría?…
– Los invocamos, sabiendo lo mucho que pueden ante Dios. ¿Cómo van a olvidarnos, si no tienen paz hasta que nos vean con ellos en la misma gloria?…
– Los miramos con envidia santa, y nos sentimos estimulados a su imitación. ¿Cómo vamos a sentir cobardías ante ejemplos tan apasionantes?… Porque nos vienen a la memoria las palabras de la carta a los Hebreos, que dice a los cristianos de aquella primera generación, refiriéndose a los primeros santos de la Iglesia: Mirando su final glorioso, imitad valientemente su fe (Hebreos 13,7)
Al mirar a los Santos nos sale de los labios la felicitación más calurosa a Jesucristo, que cuenta con unos seguidores auténticamente legendarios, y le decimos: Señor Jesús, ¿y por qué no nos haces a nosotros unos santos, dignos de esos hermanos y hermanas nuestros?…