Bagaje para el camino

6. febrero 2025 | Por | Categoria: Oración

¿Quieren disfrutar de veras con el epitafio de un sepulcro? No es de hoy, ni mucho menos, sino de los primeros tiempos de la Iglesia. Un cristiano fervoroso e inteligente del Asia Menor, llamado Abercio, habla de sus amores —Jesucristo, la Virgen, la Iglesia, La Eucaristía, la Sagrada Escritura— con imágenes bellísimas. Hallada la lápida en excavaciones modernas, fue enviada al Papa y se guarda en un museo romano. Espero disfruten ustedes igual que he disfrutado yo al encontrarme con él, y leerlo. Dice así:

Ciudadano de una ciudad escogida, he levantado durante mi vida este monumento funerario para tener a su debido tiempo un lugar de reposo para mi cuerpo. Soy discípulo del casto Pastor que apacienta sus rebaños de ovejas en los montes y campos y tiene grandes ojos que ven en todas partes. Me enseñó las Escrituras de la Verdad y me envió a Roma para contemplar un reino y una reina que viste ropa y sandalias de oro. Allí encontré un pueblo de nobilísima marca. Con Pablo por compañero, en todas partes he encontrado amigos. Me he llevado conmigo a todas partes la fe, la cual me ha proporcionado en todo lugar un pez grande y puro, que trajo una virgen casta y lo dio a los amigos para que lo comieran siempre, teniendo un vino riquísimo que sirve mezclado con agua. Yo, Abercio, he mandado grabar esto en el presente año, 72 de mi vida.

Hay para admirar una belleza semejante. ¡Qué tesoros nos brinda este anciano —por lo visto, un cristiano ejemplar—, y nos dice cuál era el bagaje que llevaba encima mientras caminaba hacia la Patria verdadera. ¡Cuántas cosas dice en tan breve párrafo! (Lápida hallada en Hierápolis, 1883, regalada al Papa León XIII. Letrán)

Jesucristo, el Pastor que cuida a cada cordero y a cada oveja del rebaño, y vigila a todos y a todos defiende con su ojo avizor, a fin de que no le roben ninguno y ninguno se pierda.
La Sagrada Escritura —Pablo, de una manera especial—, que lleva siempre consigo y en la que se nutre su hambre de la Verdad.
La Iglesia que encuentra en Roma, con el Papa a la cabeza, llena de las virtudes cristianas que son su mejor ornamento.
La Fe, en la cual se mantiene vigoroso. Una fe que sabe llevar a todas partes que visita, y que le convierte en apóstol verdadero.
Las Comunidades cristianas, que le acogen en todas partes con cariño, como hermano muy querido, y al que agasajan porque llega de lejos.
La Virgen María, a la que presenta de modo especial ofreciéndonos la Eucaristía: el pez, el vino, el agua, los signos clásicos de la celebración eucarística.

El valor de esta lápida está, indudablemente, en lo que nos enseña acerca de la piedad cristiana durante los primeros siglos de la Iglesia.
Aquellos hermanos nuestros de los primeros siglos no se iban por las ramas, sino que iban a lo más profundo de nuestra fe.
En su peregrinación de la fe, iban provistos de los manjares más exquisitos del espíritu, se vestían de las ropas más elegantes, se amaban y se ayudaban todos, se animaban a vivir y a propagar la Fe, y se alimentaban con el Pan y el Vino que recibían en la Comunión como de manos de la misma Virgen María.

Admiramos a aquellos hermanos de nuestra fe. A veces, hasta les tenemos envidia por haberles tocado vivir en aquellos tiempos de oro de la Iglesia. Pero vemos que en nuestra Iglesia Católica han cambiado muy poco las cosas. Estamos haciendo hoy lo mismo que hacían ayer. Los amores de aquellos tiempos son los mismos amores que hoy nos hacen felices a nosotros.

Jesucristo —ayer, hoy y siempre— es el amor de la Iglesia. Nos sentimos suyos, y con el amor de Cristo tenemos bastante. Todos los demás amores vienen de El o nos llevan a El. Si así no fuera, son amores que no nos interesan. Con Jesucristo nuestro Pastor —que en verdes praderas nos hace reposar—―no nos falta nada, sobre todo cuando se nos da en la Comunión al celebrar la Eucaristía. Jesucristo llenaba la vida entera de los primeros cristianos y sigue llenando la nuestra, los cristianos ya del Tercer Milenio.

Estamos con la Virgen María, a la que vemos amada, honrada e invocada ya en aquellos tiempos primeros. ¿Quién nos puede tachar de mariólatras, cuando vemos a María, ya en los primeros tiempos de la Iglesia, tan venerada y tan querida de todos?… María nos sigue dando su Hijo Jesús y llevándonos a Jesús.  ¿Cómo no iba a conservar la Iglesia ese amor a la Virgen María, la Virgen bella, robadora de corazones?

La Iglesia y el Papa son para un católico algo inseparable, por voluntad expresa de Jesucristo. ¡Y qué seguros nos sentimos con Pedro dentro de la Iglesia!… Esa lápida sepulcral, tan lejos de Roma, comparaba  a la Iglesia como una reina y al Papa como el jefe de un reino. Era ya esto entonces el sentir de la Iglesia, sentir que infundía en los creyentes el mismo Espíritu Santo.

La Sagrada Escritura es el pan que, junto con la Eucaristía, pone siempre la Iglesia en la mesa de sus hijos. Biblia siempre en mano, es tener despiertos los resortes del alma para sintonizar siempre con Dios.

La Comunidad cristiana es un hogar verdadero, donde la Fe se vive en grupo, con ilusión, y de donde salen los apóstoles —como Pablo y Bernabé de Antioquía— para llevar la Fe a todos los ambientes.

La Iglesia es siempre la misma. Se acomoda a los tiempos, pero no cambia. Lo vemos en nosotros mismos.
¿Quién no hace suyo un epitafio como el de este cristiano antiguo? ¿Quién no toma las mismas provisiones para el camino? ¿Quién no tiene y gusta los mimos amores?…

Comentarios cerrados