Bajo la orden del día

20. febrero 2025 | Por | Categoria: Oración

Vamos a figurarnos una cosa muy simple. Estamos tres o cuatro amigos y amigas, y alguien del grupo nos hace —me hace a mí, vaya— esta pregunta: ¿Qué vas a hacer mañana? Y yo respondo con naturalidad, porque efectivamente no he pensando en nada: ¡Pues, no sé! Ya lo veré…

¿Quieren que les diga a ustedes ahora qué haré yo al día siguiente por el cual se me pregunta? Pues, miren: no voy a hacer nada. Voy a perder el tiempo. Iré picoteando por mil cosas, y no acabaré ninguna. Habré perdido miserablemente el día, o, en el mejor de los casos, lo habré hecho rendir el cuarenta por ciento cuando debiera haber rendido el cien por cien. Y para que rinda ese máximo deseado, toda la jornada ha de transcurrir rigurosamente bajo la orden del día…, como una orden militar, severa y firme, pero entusiasta también.

¿A qué va esta introducción en nuestro mensaje de hoy? A esto solamente: aprender a aprovechar la vida —nuestra vida ante Dios—, a fin de que sea una vida llena, colmada de buenas obras, que nos traiga siempre una gran paz a la conciencia y que rinda todo lo que está llamada a rendir: el cien por ciento de la semilla, sin contentarnos con el sesenta o con el treinta o con el veinte…

Porque el sembrador de la Gracia en nuestro corazón es Jesucristo, y no le podemos dejar defraudados.
Porque la familia depende de cada uno de nosotros y tiene derecho a exigirnos el mayor esfuerzo.
Porque la Iglesia y la sociedad esperan y piden hombres y mujeres que hagan mucho bien.
Porque, en definitiva, los beneficiarios vamos a ser nosotros, y sabemos lo que significa ser pobres o ser ricos en la eternidad que nos espera. Tenemos que colmar la medida de gracia y de santidad a que Dios nos llama, pues según esa medida será nuestra gloria futura.

Modernamente han avanzado mucho la pedagogía, los métodos de formación, los planes de estudios, los proyectos de trabajo… Y se ha comprobado que el orden en el trabajo es lo primero que hay que procurar en vistas al rendimiento y, más que nada, a la formación de la persona. Porque se ha visto que el orden es fuente de energías y, a la vez, un entrenador implacable del carácter.

Benjamín Franklin, uno de los fundadores de los Estados Unidos, explicaba lo que le pasó a él mismo, resumido por nosotros en este monólogo que ponemos en sus labios:

Quise triunfar en la vida, e iba de fracaso en fracaso.  
Me tenía por un intelectual, y como hombre sabio, poco miedo me daban las tentaciones que me viniesen de mi inclinación natural o del modo de proceder de los demás.
Pero pronto me di cuenta de mi error. Caía en un defecto, y, mientras lo estaba corrigiendo, venía a sucumbir en otro peor.
Y me dije: No hay más remedio que poner orden en mis afectos y disciplina en mis acciones. ¿Qué es lo que quiero? ¿Qué debo hacer, ante todo? ¿Qué orden pongo en mis cosas?
En un viaje de Inglaterra a América, tomé un cuaderno, puse orden en mi vida, sabía siempre lo que debía hacer, y esto es lo que me ha dado el triunfo sobre mí mismo y en todos los asuntos de mi vida.

Así Franklin. Y porque fue rígido con el método que se trazó y con la orden del día, llegó a ser notable investigador, inventor y escritor, a la vez que gran patriota y estadista norteamericano. ¡Alabemos a los hombres grandes!…

Pero nosotros miramos ahora las cosas bajo el punto de vista cristiano, y nos preguntamos: Si tenemos el ideal de ser distinguidos en el servicio de Dios, en el seguimiento de Jesucristo, en el trabajo por el Reino y por la Iglesia, en la consecución de una santidad grande que nos enriquezca sobre manera, ¿nos puede servir algo esa orden del día?… ¿Valdrá o no valdrá la pena tener trazado un plan de vida, de modo que, ya al levantarme, tenga bien claro en la mente lo que voy a hacer y, después, no me desvíe durante la jornada ni a derecha ni a izquierda de lo que me he propuesto?…

Nadie duda que esto es la clave del éxito en un trabajo, en un negocio, en el estudio, en la política. Y menos aun duda nadie que esto es la clave del éxito en el negocio más importante de todos, como es el aprovechamiento espiritual.
¿A qué debe reducirse esa orden del día? No cuesta mucho el enumerar los elementos imprescindibles.

– Primero, claro el ideal: ¿quiero o no quiero distinguirme en mi vida cristiana? ¿Sí? Pues, manos a la obra…
– Segundo, pido consejo a una persona amiga de verdad y que tenga el mismo ideal que yo. Aquí no me puede aconsejar un cualquiera. Y siempre puedo contar con un sacerdote prudente y hombre de Dios.
– Tercero, ahora viene el trazar mi plan, que tengo siempre escrito ante mis ojos. Sobre mis obligaciones de familia y mi trabajo, que son intocables, ¿qué oración debo hacer cada día con fidelidad? ¿Cómo debe ser mi trato con Dios? ¿Qué ejercicios de piedad no omito nunca? ¿Qué tiempo doy a mis distracciones, a mi descanso, al deporte sano?…

¿Verdad que esto es muy sencillo? Pues eso tan sencillo hará de nosotros unas personas de valer, sobre todo unos santos y santas cristianos que seremos el orgullo de Jesucristo. Cada jornada, por el mero hecho de pasarla bajo la orden día, habrá producido el soñado ciento por uno en la cosecha para la vida eterna.
Quien tiene así de alto el ideal y así lo sirve, se va a dormir cada noche pensando en ese sueño divino —el cual deja de ser sueño imposible—―que nos trazó Dios, (Efesios 1,4) de ser santos, inmaculados y amantes en la presencia divina.

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