Quiénes son los que rezan
9. enero 2025 | Por Padre Pedro Garcia | Categoria: OraciónYo desafiaría a nuestros lectores a que me dijeran si han oído o no muchas veces esta expresión: ¿Yo rezar?… ¡Vah!, eso para las beatas. ¿Y qué entienden por beatas los que así hablan? Por de pronto, claro está, a esas buenas ancianitas que, acaba su misión en el mundo, no hacen más que rezar porque suspiran por Dios, al cual ya casi tocan con sus manos en la Gloria….
Entran en la categoría de beatas —por hombres muy masculinos que sean— esos caballeros formidables que, en medio de su trabajo serio y cargado de responsabilidad, encuentran un rato para arrodillarse en la iglesia y el domingo forman en la fila de los comulgantes…
Entran en la categoría de beatas, desde luego, las colegialas piadosas, los universitarios creyentes, los campesinos que rezan el Rosario, los niños inocentes que hablan con su amiguito el Niño Jesús…
O sea, que para esos del Yo no rezo, porque eso es cosa de beatas, todo el que busca a Dios y se comunica con Él mediante la oración, es un ser infelizote, un hombre a medias, una chica muy poco de hoy, un muchacho de escasa categoría masculina, un ignorante hombre de campo, una ancianita o un viejecito improductivos, un niño a quien ya desde chiquitín se le aliena… Así piensan, ni más ni menos, los presumidos que cuelgan el sambenito de beatas y beatos a los que rezan.
Pero, ¿están seguros los que así hablan y piensan de que sólo gentes sencillas u hombres fracasados son los que rezan? Es muy fácil demostrarles todo lo contrario. Jefes de Estado y de la política, científicos y profesionales de primer orden han sido hombres de oración.
Carlos V, el rey emperador, mientras estaba en su capilla rezando, aplaza recibir a un embajador que viene con asuntos urgentes: Decidle que lo recibiré después. Porque estoy con otro asunto más importante. Me ha recibido en audiencia el Rey de reyes.
Franklin, reunido con Washington y otros cincuenta compañeros para decidir sobre el futuro de Estados Unidos, se levanta en la sesión y dice: Señores, yo soy de edad avanzada, y cuanto más vivo más claramente veo que Dios es quien dirige los destinos de la humanidad. Recemos. Y la historia de Estados Unidos se inicia con aquella oración.
Hindemburg, héroe de la Primera Guerra Mundial, mereció este elogio: Dios puede concederle éxitos tan grandes porque ora y da la gloria solamente a Dios.
Acabada la Segunda Guerra Mundial, Europa ofrecía un panorama desolador. Y Schuman, Adenauer, Franco, De Gasperi, De Gaule, fervientes católicos y hombres de oración, levantaron cada uno a su patria respectiva de las ruinas ingentes de la guerra más con la fuerza de Dios, porque rezaban, que con su astucia política.
Contardo Ferrini, eminente profesor en varias Universidades —hoy ya en los altares—, decía: No acierto a concebir una vida sin oración, un despertar sin descubrir la sonrisa de Dios, un reclinar por la noche la cabeza en sitio distinto del pecho de Cristo.
Le Verrier, el astrónomo que descubrió el planeta Neptuno, después de estudiar las profundidades del cosmos, caía de rodillas ante el Crucifijo que tenía en su escritorio.
Werner von Braun, el héroe que conquistó el espacio, declaraba: Empecé a hacer oración todos los días. Me tomé el trabajo de alejarme muchos kilómetros para internarme en el desierto y hacer mi oración en solitario. Rezaba también con mi mujer todas las tardes. Y, al considerar mis problemas, procuraba encontrar la voluntad de Dios actuando sobre cada uno de sus aspectos. En nuestra época de los vuelos espaciales y de las fisiones nucleares, es preciso conseguir una atmósfera ética y moral que gobierne nuestro control de poder. Y esto puede conseguirse solamente dedicando muchas horas a esa concentración profunda que llamamos oración. Y cuando ya estaba todo a punto para lanzar a los primeros hombres hacia la Luna en Julio de 1969, dijo este gran científico: Ahora, ya queda sólo orar y encomendarlo a Dios.
Hydn, el célebre compositor, ante cualquier dificultad rezaba el Rosario u otra oración. Comenzaba siempre sus composiciones con estas palabras: En tu nombre, Señor. Y las acababa con estas otras: Alabanza a ti, oh Dios.
Beethoven hacía otro tanto: Oh Dios, guía mi espíritu, para que, embelesado por tu arte, se dirija hacia las alturas, porque solo Tú me puedes inspirar.
Matt Talbot se convierte a los 28 años. Borracho perdido y alcoholizado, deja el trago de manera radical. Obrero peón por el resto de su vida en el puerto de Dublín, oraba sin cesar. Y pudo afirmar: He pedido a Dios el espíritu de oración, y creo que lo he conseguido. Hoy, Talbot está camino de los altares.
Amigos, ¿se dan cuenta sobre lo que hemos hecho hoy? Llenarles la cabeza de nombres y más nombres, y con casos que ya han salido más de una vez en nuestros artículos. Pero, a lo mejor no hemos perdido del todo el tiempo… Es muy posible que aquellos del ¿Yo rezar?… No, porque eso es de beatas, tengan que rectificar algunas palabras…
Y, si no se retractan, peor para ellos. Al ver cómo esos hombres tan distinguidos y tan hombres —expresamente no hemos traído ninguna mujer, porque la mujer, a rezar, nos gana— nos vienen a la mente la sentencia famosa de San Bernardo: Las palabras conmueven, los ejemplos arrastran. ¡Y qué bien estaría que estos hombres nos arrastrasen a la primera ocupación cristiana, como es la oración, tarea que entretiene a los hombres y mujeres de más valía!…