Día a día con Jesucristo

24. junio 2024 | Por | Categoria: Jesucristo

Más de una vez nos asalta quizá esta inquietud: – Se nos habla mucho de Jesucristo, de que lo recordemos, de que hablemos y tratemos de amistad con Él, sobre todo de que lo vivamos. Y bien, ¿cómo hacerlo?…
Es muy legítima esta preocupación. Y, como respuesta, podemos mirar a María en su vida y a la Iglesia en su culto.
Mirando a María, vamos a acompañar con Ella y como Ella a Jesús en todos los pasos de su vida.
Y mirando a la Iglesia, nos vamos a adentrar en el espíritu del culto desarrollado por la Liturgia a lo largo del año: metidos un día en un misterio de Jesús, otro día en otro, vamos a recorrer todos los pasos de Jesús haciéndolos vida nuestra.
Y, si no, hagamos ahora la prueba con una mirada rápida a lo que hace la Iglesia en el Año Litúrgico. Empieza por la primera venida de Jesús al mundo, y acaba con la mirada puesta en ese Jesús que volverá de nuevo para cerrar la Historia.

Con el tiempo llamado del Adviento, a final de Noviembre, empezamos a esperar anhelantes la venida de Jesús en Navidad. Esta espera es en realidad el ansia que llevamos dentro de tener a Jesús con nosotros. La ilusión que nos hace su vida. No queremos un Jesús que se quede allá en las alturas de su Cielo, sino un Jesús que esté con nosotros, como hermano y amigo. Lo esperamos igual que lo esperaba María en aquellos nueve meses únicos, como no los ha tenido otra madre…

En la Navidad, vemos a un Dios-con-nosotros que no nos da ningún miedo. ¿Qué miedo nos va a dar un chiquillo que nos sonríe y al que nos comemos a besos?… Es un Niño que nos revela todo el amor de Dios.
En ese tiempo de Navidad nos dice el profeta Isaías:
– ¡Un niño se nos ha dado!
Y es así. Ese Jesús, que juega en los brazos de su Madre, es tan de cada uno de nosotros como lo es de María, a quien Dios se lo da para que Ella nos lo dé a nosotros, como lo dio a los pastores y a los Magos en Belén.

El Niño crece, se hace un hombre, y —al llegar la Cuaresma y Semana Santa—, lo vemos tentado como nosotros; con un deber muy duro por delante, y muriendo en una cruz para salvarnos. Como María, le acompañamos hasta la cruz en el Calvario. Nos lo pide el mismo Jesús:
– ¿Quieres venir conmigo? Renúnciate. Toma tu cruz, y sígueme.
Y viene a decirnos antes de morir:
– Acuérdate que muero por ti. Y aquí, en este Pan y este Vino, que son mi Cuerpo y mi Sangre, me quedo contigo, para que me comas, para que tengas fuerzas, para que sigas adelante sin desmayos.

Los que hemos acompañado a Jesús hasta la Cruz, después lo vemos Resucitado y subiendo lleno de gloria al cielo. Adivinamos los esplendores del Tabor, que nos mostró como anticipo de lo que nos esperaba, tanto a Él como a nosotros, y oímos a los Angeles que nos dicen: -¿Por qué miráis tanto hacia arriba? ¡Este Jesús, que así ha subido al cielo, así volverá un día! Volved a Jerusalén y esperad al Espíritu Santo prometido.

Recibido el Espíritu, emprendemos la marcha a lo largo del resto del año. Los meses que vienen son meses de vida normal, de monotonía, de peregrinación hacia el encuentro con el Señor, que, al final se nos presenta como Rey del Universo, como el Juez de vivos y muertos, como Dueño del mundo y de la Historia, como el Señor de la Gloria en la que nos ha metido a todos sus seguidores.

Nos ha acompañado siempre María, figura de la Iglesia y Modelo nuestro en la peregrinación de la fe.
Ahora miramos sus fiestas, y en la primera —el 8 de Diciembre, al comienzo del año litúrgico de la Iglesia—, la vemos toda pura, Inmaculada desde su Concepción, como ideal de pureza para toda la Iglesia.
En plena Navidad, el primero de Enero, celebramos la fiesta de María, la Madre de Dios. Ninguna como Ella nos va a poder dar a Jesús. A quien Ella visita, como hizo con Isabel, le lleva toda la Gracia de Jesús su Hijo, que Ella encierra siempre en su Corazón.
Finalmente, en Agosto celebramos su muerte y Asunción en cuerpo y alma al Cielo, con lo que viene a decirnos Dios: – Así ha acabado María su peregrinar. Así, así será también de feliz vuestro final cuando yo os llame.

Este es nuestro año. Este es nuestro caminar de cada día. Esta es nuestra vida entera. Así recordamos, celebramos y vivimos a Jesucristo en cada momento. Así vamos caminando al encuentro con Él.
Un día lo vemos Niño, y jugamos con Él.
Otro lo contemplamos Crucificado, y nos dolemos con Él y le acompañamos con nuestra propia cruz.
Otro día lo miramos en el esplendor de su Gloria, y nos llenamos de esperanza. Y siempre vamos con Él por el camino de la vida, como los dos de Emaús, gozosos con su Palabra, saciados con su Pan divino…

Así llegamos, como ya llegó María, a la meta de todas nuestras aspiraciones. La Liturgia no es otra cosa que seguir a Jesús paso a paso y penetrar hondamente en su misterio. Esto es acompañar a María durante toda la peregrinación de la fe. El culto de la Iglesia nos lo enseña de maravilla…

¿Queremos conocer cómo se sigue y se vive a Jesucristo?… Lo preguntamos a María en la Liturgia de la Iglesia, y obtenemos una respuesta precisa en una lección que se aprende tan fácil…

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