El Jesucristo de siempre

8. julio 2024 | Por | Categoria: Jesucristo

La expresión El Tercer Milenio no se nos cae de los labios. La repetimos continuamente, y tenemos con ella para algunos años… El Tercer Milenio del Cristianismo lo ha puesto Dios en nuestras manos para que lo lancemos a la Historia nosotros, para que lo orientemos a nuestro gusto, para que corrijamos errores pasados, y para que resulte esplendoroso en todos sus aspectos.
¿Queremos de verdad que así sea?…

Tenemos en nuestras manos la fórmula más sencilla.
Nos basta poner en medio del mundo como Salvador a Jesucristo, al de ayer, al de hoy y al de siempre (Hebreos 13,8)
Si Jesucristo es el sol que llegue a iluminar los diez siglos que se nos abren delante, el Tercer Milenio va a ser una maravilla…
Al cabo de ellos, los historiadores de entonces dirán admirados:
– Pues, aquel Papa Juan Pablo II, que lo programó todo, y aquellos cristianos del año 2000, supieron hacerlo bien. Orientaron, impulsaron y lanzaron bien dirigido el Milenio que hoy termina. Habremos de hacer otro tanto nosotros para el Cuarto Milenio…  

Esto, no son suposiciones ilusorias. Puede ocurrir, y debe ocurrir así. Nosotros somos los responsables  de colocar a Jesucristo en el lugar que le corresponde en estos días privilegiados.
Recordamos aquella su venida primera para salvarnos.
Vivimos ahora su presencia salvadora entre nosotros.
Y esperamos con ansia su vuelta gloriosa, para la cual vamos preparando y disponiendo el mundo. Jesucristo dijo que cuando regrese va a encontrar muy poca fe. Nuestras lámparas estarán prendidas, con aceite de repuesto, y con la preocupación nuestra de espabilar a los compañeros que se duermen…

¿Cómo vamos a actuar en este tiempo de gracia, para conseguir esa ilusión de un Tercer Milenio bien cristiano? Pues, con eso mismo del lema: que el Cristo de ayer, el Cristo de hoy y el Cristo de mañana y de siempre esté bien metido en nuestra memoria, en nuestra vida, en nuestra esperanza.

Recordamos siempre al Jesucristo de ayer. Es decir, miramos al Hijo de Dios que se hace Hombre en el seno de María; que viene a revelarnos al Padre; que nos salva muriendo por nosotros, y que, resucitado, manda su Espíritu a la Iglesia, a la que deja en el mundo como signo universal de salvación.
Con estas verdades fundamentales bien presentes, nuestra fe se mantiene firme, sabiendo que Dios es el Fiel que cumple su palabra.
Entonces, nuestro trabajo será ardoroso, abnegado, entusiasta, para que el Reino se incremente y robustezca en el Tercer Milenio que nos ha tocado a nosotros comenzar.

Naturalmente, que está muy bien eso de recordar siempre al Jesucristo de ayer, el que realizó la obra de la salvación. Lo hacemos continuamente al celebrar la Eucaristía. Pero es mucho más importante que miremos, actualicemos y vivamos al Jesucristo de hoy. Es decir, que vivamos hoy de Jesucristo, con Jesucristo y como Jesucristo, para ser nosotros, junto con Jesucristo, quienes transformemos el mundo. Y esto lo conseguimos de tres maneras.

  • Primera, conociendo mejor a Jesucristo. El conocimiento de Jesucristo es algo fascinante. Cuanto más se ahonda en sus riquezas, más insondable se hace el mar en que nos hemos metido y en el que buceamos con afán. El estudio sobre Jesucristo; la lectura de la Biblia, sobre todo del Nuevo Testamento; el trato con Jesucristo en una oración intensa, nos van descubriendo más y más profundidades de la Persona, de la vida y del misterio de Jesucristo.
  • Segunda, conocido así Jesucristo, vendrá el amarlo con pasión. No podremos permanecer indiferentes ante Jesucristo. Y aquello de San Pablo: maldito quien no ame a Jesucristo, será para otros; para nosotros, no.
  • Tercera, anunciaremos a Jesucristo. Como sea Él quien llene nuestro corazón, no tendrá nadie que decirnos cómo hemos de ser apóstoles. Trabajaremos por Jesucristo sin cesar.

¿Y el Jesucristo de mañana, el de siempre, el de los siglos de los siglos? Este es el Jesucristo de nuestra esperanza.
El que transformará el mundo y nos meterá en su Reino definitivo.
El que no nos dejará frustrados ni decepcionados.
El que colmará todas nuestras ilusiones. Será el Jesucristo que contemplaron los discípulos en el Tabor y que a Pedro le sacó fuera de sí. Cuando veamos con nuestros propios ojos aquellos esplendores no se nos ocurrirá decir lo de Pedro: ¡Hagamos tres tiendas de campaña!… Dios habrá provisto bien nuestra casa eterna, en la que Jesucristo aparecerá sin velos y será nuestro gozo inenarrable.

Entonces veremos cumplidas aquellas sus palabras dirigidas al Padre: Yo quiero que los míos estén allí donde yo esté. El Jesucristo de mañana será nuestra realización suprema. Todo, por haber aceptado antes al Jesucristo de ayer y al de hoy…  
Hombres y mujeres que iniciamos el Tercer Milenio. ¿Somos o no somos afortunados? Dios deposita su confianza en nosotros. No le vamos a defraudar. Con Jesucristo, y por Jesucristo, emprendemos seguros la marcha…

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